El presidente electo de Costa Rica, Rodrigo Chaves, sorprendió a muchos por el fuerte cambio de humor que mostró inmediatamente después de su victoria electoral: de un discurso disruptivo y antisistema a otro conciliador y unitario, como el que se pronunció para recibir al día siguiente. , el candidato derrotado, José María Figueres. Sin embargo, este cambio de actitud no le impidió desplegar su visión heterodoxa respecto a la formación del gobierno y el funcionamiento de la dirección de la administración pública. Replicando el método de selección del personal de entidades privadas y organismos internacionales, Chaves busca componer un gobierno más allá del sistema de partidos y sin privilegiar el programa de gobierno con el que acudió a las elecciones.

El fondo es que si las propuestas del presidente electo, que fueron hechas desde una perspectiva tecnocrática, son hechas con buena voluntad, implican serios riesgos para el funcionamiento de la democracia. No se trata sólo de cambios puntuales en las normas o instituciones vigentes, sino también en las bases conceptuales sobre las que se asienta el sistema democrático. Dichos enfoques son quizás una cuestión de saber, ya que Chaves sabe mucho más de economía que de sociología política, y no hablo de la ciencia política institucionalista, sino del enfoque que incluye también la relación entre gobernantes y gobernados, así como la ciudadanía. y la cultura política de la ciudadanía.

Volviendo este tema a la situación actual, el papel de los partidos en la formación del gobierno cobra especial relevancia. Como sabemos, los partidos han sufrido un mayor deterioro en la función de intermediación comunicativa, especialmente desde la irrupción de las redes sociales. Pero también se ha puesto en perspectiva su papel como actores políticos. De hecho, ya no están solos como actores importantes en el sistema político.

Sin embargo, la devaluación es menor frente a una función clásica de los partidos, que es dotar de personal directivo y técnico a la administración gubernamental. Sobre todo, han sido criticados por haber perdido su relevancia en otros ámbitos y se han convertido en máquinas electorales y de provisión de personal de gobierno. En todo caso, esta función de los partidos políticos se refiere a un elemento clave en el funcionamiento del sistema democrático: el mantenimiento orgánico de los llamados compromiso programático que debe existir en el corazón del sistema político.

En Costa Rica, como en otros países de la región con sistema presidencial, la legislación electoral obliga a los partidos que se presentan a las elecciones a presentar un programa de gobierno. Esto no sólo se refiere a la definición de su perfil programático, sino que constituye la base sobre la cual se configurará el Plan Nacional de Desarrollo del nuevo gobierno. Así, el programa de gobierno del candidato electo se proyecta como la matriz fundamental de la acción gubernamental posterior a las elecciones. En pocas palabras, esto establece un proceso normativo e institucional que tiene como objetivo garantizar a los ciudadanos que las promesas electorales no serán barridas.

El presidente tiene todo el derecho de afirmar que para elegir a sus ministros no les preguntará por qué partido votaron, sino que les hace una simple pregunta: ¿saben el programa de gobierno con el que me presenté a las elecciones? Esto constituye la base sobre la cual debe actuar el gobierno de Chaves en los distintos ámbitos de la actuación gubernamental. De lo contrario, el presidente electo engañaría al pueblo que lo eligió y al país en su conjunto. De la misma manera, cuando el presidente electo asegura que constituirá su gobierno sin ataduras ni compromisos, está diciendo una verdad a medias. Tiene un compromiso inquebrantable con su programa de gobierno y la promesa de ponerlo en práctica.

En este contexto, la función de las partes es múltiple. En primer lugar, significa la materialización en personas y mecanismos orgánicos del programa de gobierno presentado. Es la garantía de que la propuesta electoral no es incorpórea o unipersonal. Por un lado, presupone que el programa gubernamental no es producto de hechos unilaterales, sino el resultado de un proceso colectivo encarnado en estructuras orgánicas.

Además, el partido encarna una determinada propuesta ideológica que debe ofrecer a los votantes la referencia general de cuál será la orientación del Gobierno. En el caso del programa Chaves, se indica que es parte de la “socialdemocracia moderna”. Y no importa si es difícil precisar qué significa esta atribución: lo importante es que muestra señas de identidad que los ciudadanos puedan reconocer. La explicación del perfil partidista aporta algo clave para el funcionamiento de la democracia: facilita la posibilidad de elección.

El candidato Chaves insistió en su campaña en que los partidos tradicionales se habían convertido en conspiraciones políticas y familiares, carentes de democracia interna y propensos a la corrupción. Tenia razon. Sin embargo, un partido sin estos defectos, integrado por personas que comparten un conjunto de ideas políticas y programáticas, representa el espacio ideal para dotar de jerarquías y marcos a la gestión pública.

Elegir altos cargos en el partido político que ganó las elecciones significa aprovechar un espacio de confianza y seguridad respecto a la realización del programa de gobierno. Por supuesto, esto no debería ser una barrera para elegir a otras personas que no pertenecen al partido, si se demuestra que tienen más competencia. Sin embargo, la fórmula de buscar la excelencia fuera de la comunidad de ideas partidaria y fuera del compromiso programático, utilizando métodos de selección de personal de entidades privadas, aunque parece ser una buena solución tecnocrática (que podría ser emulada en el resto de la región) , puede generar inestabilidad y perturbaciones innecesarias, como sucede en países donde los partidos son fugaces.

La consolidación de los partidos es necesaria, pero debe conducir a una reforma del sistema de partidos y no a su abolición, no sólo porque los partidos son actores políticos esenciales, según la Constitución, sino porque, si ya no están solos, representan la garantía de derechos fundamentales, como el derecho de asociación, que implican fundamentalmente la protección de la democracia pluralista.

Así, lejos de mostrar la falta de solidez partidista, el presidente electo debe presentar al país una propuesta de saneamiento de los partidos políticos y de reconfiguración del sistema partidista y de las representaciones políticas. Los partidos no son solo la encarnación orgánica y humana del compromiso programático, sino que también representan la posibilidad de que una propuesta de gobierno se proyecte en el tiempo.

El presidente electo debe ser consciente que tiene ante sí un conjunto de reformas y acciones sociopolíticas, entre las que destaca el fortalecimiento de un sistema de partidos que fortalezca la democracia pluralista de Costa Rica. Al contrario, debe aprovechar para consolidar al Partido Socialdemócrata del Progreso como una organización política robusta que le permita mantener sus propuestas de gobierno más allá de los próximos cuatro años que, como deben saber, pasarán a toda velocidad.


Enrique Gomáriz Moraga preparó su doctorado en sociología política con Ralph Miliband. Participó en Zona Abierta y en la refundación de Leviatán. Fue el primer director de Tiempo de Paz. Trabajó en FLACSO Chile y fue consultor internacional para agencias como PNUD, Fnuap, GIZ, CRDI, BID.

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Fito Saenz Olvera