Alfonso de Lamartine

No me referiré a la notable obra de Sarmiento sino a La restauraciónescrito por Lamartine, pues anota cualquiera que haya sido su experiencia, similar a la de Caracas avanzando hacia 1810 cuando Fernando VII deja el poder en una disputa de ambiciones con su padre y Napoleón: «Sólo la patria puede reinar» cuando «sus pretendientes están divididos, » él dijo.

Ausente o ausente de los gobernantes de la soberanía, no digerida por el rencor y la traición, vuelve a su perpetuo dueño, la nación. Ella es la que justifica y la que condena, la que dio origen, por cierto, a nuestra primera junta directiva como venezolanos.

Alphonse de Lamartine (1790-1869), historiador y político francés de la época romántica, como la que estamos viviendo a causa de la crisis del “período” -de duelo por el paso del tiempo y sentimiento de soledad ante el aplastamiento y cascada de eventos sin precedentes – instruyéndonos, agrega que la fuerza y ​​la unidad no son suficientes para sanar las divisiones en una sociedad en ruinas. Cuando éstas llegan y se hacen visibles y se convierten en miserias políticas y humanas, ni siquiera el despotismo puede contenerlas.

La vida cívica, separada de la vida humana, es un sofisma. No hay república donde falte la nación o donde se nieguen sus raíces locales y el curso de sus generaciones. El espacio y el tiempo, en suma, son la esencia virtuosa de la política, cuando está al servicio de las personas y de su dignidad inalienable.

Lamartine no lo dice expresamente, pero me basta su descripción: “Para la defensa de los cimientos de la sociedad se necesita algo más”, dice. Luego mira las relaciones entre sus estratos, sobre la religión, sobre la educación, sobre «su filosofía y sus costumbres», ya que en definitiva la república no es un simple poder o andamiaje, como ella aclara, sino «el gobierno de los pueblos». criados en sus grandes experiencias sobre sí mismos».

Observo y por lo tanto lamento que las mismas élites que han sabido reorientar mal al país para sacarlo de sus miasmas y del crimen cómplice de la política instalada en Venezuela, desprovistas de capacidad para mirar con grandeza a la nación sufriente como un entero, consuélense y celebren las descalificaciones como costumbre del oficio. Tienen en cuenta los deseos de los asuntos públicos. Los casos se suceden, aquí y ahora.

Piden al exalcalde Antonio Ledezma que no responda por sus acciones políticas o personales, excarcelado y esta vez en el exilio. Nadie lo amenazó ayer y en cambio aplaudieron su manejo del gobierno. Incluso sus feroces enemigos, los del régimen depredador que lo persigue, no le imponen un paro. Y es que supo informar públicamente sobre sus necesidades, ¡sin ocultarlas!

Está condenado, aquí y ahora, y busca silenciar su dolor por la patria perdida bajo el primitivo gobierno de la responsabilidad tribal. Todo el mundo paga, sólo para los pecadores. Y tras esta regresión primitiva germinada en el narcisismo político digital de la época, se le pide a Antonio que explique como propia la causa de un yerno. Se le impone una pena indirecta, extendida a sus hijos y a los hijos de sus hijos. Al coro sólo le queda repetir, como en la antigua Roma: «Muerte al que grita tras un enemigo».

El burgomaestre dijo que era el sucesor de Alonso Andrea de Ledesma, el primer defensor de Caracas durante la conquista y quien solo, armado de coraje y un agudo sentido de la moral, enfrentó a Amyas Preston, el pirata que lo mató el 29 de mayo de 1595. Y la obra del mar informa que nos arrastra y nació de una frustración del destino, incluso algunos dirán que por llamarse Ledezma debió tener una relación con el monstruo Mamera, protagonista de la famosa película de Luis Corréa.

El absurdo está hablando por las redes. Abordarlo requiere mirar hacia atrás, como quien intenta corregir su rumbo y comprender su horizonte. Y luego viene el caso del marqués del Toro, primer comandante de los ejércitos de nuestra independencia, que acusa a don Francisco Miranda de traidor a la corona. Incluso pone precio a su cabeza. Se podría decir entonces de Bolívar que fue cómplice de tal amargura, ya que se casó con su pariente, María Teresa.

En vísperas de 1810, los Bolívar querían a Toro como Capitán General y al célebre Marqués de Casa León, Antonio Fernández, quien persiguió a los conspiradores Manuel Gual y José María España en 1797, para administrar los bienes. Coincidentemente también acusa al precursor de corrupción y moviliza el crimen consumado en La Guaira. Así es como el héroe de las revoluciones francesa y americana es entregado al monárquico Monteverde por pasaporte y muere en el exilio.

Francisco Xavier Yanes, cubano de origen y presidente de nuestros congresos fundacionales de 1811 y 1830, relata el mismo intento del marqués de Toro y segundo teniente de las milicias bolivarianas por tomar el poder en los días anteriores al 19 de abril. Incluso le atribuye al maestro de las letras americanas, Don Andrés Bello, haberlos traicionado y haberlos hecho fracasar en su proyecto. Entonces Bello vivirá en Londres y nunca volverá a su tierra. Será el padre intelectual de un Chile que lo honre y se apropie de él.

Los tiempos de disolución, en fin, exigen que miremos a la nación a los ojos, sin mirar a quienes la hacen objeto de codicia o la comprometen en las posibilidades de la diplomacia.

La fractura venezolana cesa entre 1810 y 1811, cuando se reconoce una representación plural en su diversidad y evoca el jacobinismo; pero dura hasta 1812. Desde Cartagena de Indias, secuestrada y plagiada la compañía libertadora de Miranda, sus dirigentes señalan con el dedo acusador contra el civismo, por empeñarse en crear «repúblicas de aire» asumiendo la «perfectibilidad del linaje humano».

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Civilización y barbarie se publicó por primera vez en EL NACIONAL.

Hildelita Carrera Cedillo
Hildelita Carrera Cedillo