Calificación 905
Foto: Archivo

Por MANUEL LLORENS

A principios de julio, Caracas fue víctima de enfrentamientos armados que paralizaron la ciudad, interrumpieron el tránsito en varios barrios y enviaron a la gente a un lugar seguro. Poco antes, en abril, se reportaron bombardeos y enfrentamientos entre grupos escindidos de las FARC y las fuerzas armadas venezolanas en la frontera de Apure con Colombia.

Entre las imágenes que circularon en las redes sociales durante los días de angustia, pudimos ver a mujeres con bolsos improvisados ​​y niños pequeños en brazos tratando de huir de los enfrentamientos. A su vez, en dos semanas, se dice que hasta 5.000 personas cruzaron la frontera colombiana desde Apure, tratando de salvar sus vidas. Son comunidades rotas por el miedo, la impotencia y el dolor.

A los pocos días del enfrentamiento, en medio de redadas policiales en el barrio, informes describían a la Cota 905 como un barrio fantasma, con algunas casas vacías, abandonadas por familias que se habían ido aterrorizadas, así como casas habitadas pero silenciosas, a la espera de un escuadrón. derribaría sus puertas. Quienes se atrevieron a hablar con la prensa lo hicieron en voz baja. El ambiente es de terror sigiloso. El tiroteo terminó, pero la amenaza de la policía, los mismos que han ejecutado extrajudicialmente a miles de jóvenes a lo largo de los años, no se materializó (1).

Se informó que de aproximadamente 60 muertes por tiroteo, solo 6 fueron confirmados como miembros de bandas criminales. Los informes de ejecuciones policiales de jóvenes en sus domicilios se asemejan a las múltiples denuncias detalladas en los informes de la Comisión de Naciones Unidas (2). Pero además de la suma de horror estatal y criminal, las respuestas que la gente publica en respuesta a estas denuncias son sorprendentes. Respuestas que restan importancia al horror de las ejecuciones extrajudiciales acusando a distancia de que “seguro que eran unos matones, no vengas a defenderlos ahora”. Algunos aplauden y alaban las represalias indiscriminadas.

Es interesante presenciar la violencia venezolana no solo por los terribles episodios y las consecuencias más evidentes. Es interesante comprender las consecuencias que genera esta violencia en la conformación de nuestra forma de vivir, de relacionarnos con el otro, sus efectos en la cultura.

En la investigación que estamos realizando (3), uno de los objetivos ha sido entender cómo la violencia crónica afecta a las comunidades, cómo transforma nuestras formas de vida. En una serie de estudios etnográficos, realizamos observaciones y entrevistas en tres comunidades severamente afectadas por la violencia. Primero, trabajamos en Los Valles del Tuy, que es la zona donde los homicidios han aumentado más rápido en los últimos años. En segundo lugar, investigamos la serie de linchamientos que se produjeron en la urbanización de Los Ruices a partir de 2015 y, por último, una zona de La Vega azotada por la violencia.

Si bien es cierto que en cada caso las expresiones de violencia fueron muy diferentes, existen similitudes en varias consecuencias del funcionamiento de las comunidades. En Los Ruices, los vecinos nos contaron su impotencia y su hastío ante la cantidad de robos que sufrieron. Con ambivalencia, evocaban tanto el horror de presenciar linchamientos en las cuadras donde vivían como la justificación para entender que era una reacción al sentimiento de desprotección. El desamparo vivido, acentuado tras las manifestaciones de 2014 en las que la Guardia, junto a los grupos armados, intimidaron a los habitantes de la zona, aumentó la cohesión interna de Los Ruices y la desconfianza hacia las autoridades. Apareció una pintada en la pared de un edificio que advertía: «Se respeta Los Ruices». Esto llevó a algunos miembros de la comunidad a organizarse y realizar acciones de linchamiento. Un grupo armado con bates y palos, impulsado por la convicción de hacer justicia, se dispuso a partir a la señal del robo, para descargar su impotencia y su frustración sobre el cuerpo del presunto perpetrador.

En La Vega compartimos durante tres años con varias comunidades que sufrían el acoso de varias bandas rivales que ocupaban espacios colindantes en la zona. Los vecinos nos contaron el cerco implacable, las muchas veces que quedaron atrapados en el fuego cruzado, las incursiones de bandas de una zona a otra en busca de venganza, la sensación constante de ser vigilados por los grupos armados que montaban cuarteles en las entradas y salidas de la ciudad. El sector. Un vecino nos dijo: “Trato de no saber mucho, no escucho, no veo”, para explicar cómo cualquier información puede llevar a que te llamen traidor o “triste”. En este ambiente paranoico, la gente habla en voz baja y mira hacia los lados, tratando de seguir con su vida. Una maravillosa escuela, dirigida por monjas, actúa como un espacio de respiro y trata de negociar algo de aire para respirar. En ocasiones, allí se realizan velatorios para evitar que la banda contraria aproveche el ritual para asesinar a sus contrincantes.

Pero aún más significativo es el hecho de que, como en Los Ruices, las opiniones de los vecinos sobre la juventud violenta son ambivalentes. A pesar del miedo constante que imponen, en un lugar desprovisto de instituciones, un conocido violento, dispuesto a morir para proteger su sector, puede representar la versión más concreta de la seguridad. En algunas de las conversaciones con niños que pudimos grabar, nos explicaban, refiriéndose a los malandros de su sector: “Nos cuidan, son buenos con nosotros, nos dan de comer”. La policía hace poco para cambiar estas percepciones. Todas las comunidades informan del número de víctimas de las continuas incursiones violentas que buscan a los justos por los pecadores.

En Los Valles del Tuy hemos registrado situaciones aún más dramáticas, de bandas terriblemente violentas hostigando a la población, al punto de invadir por completo a algunas de ellas y obligar a los vecinos a abandonar sus casas. Una persona nos dijo en una entrevista: “Ya no tenemos vecinos, ya que todos han decidido irse. Muchos espacios están controlados por puestos de control improvisados ​​que restringen las salidas y entradas. Todos reportan sentirse vigilados constantemente y temerosos de los actos de terror con los que las pandillas intimidan a todos. Una mujer desplazada de su sector nos cuenta que a su casa llegaron diez hombres armados, uno de ellos con una granada: “Estaba con mi esposo y mis hijos. Entré a la habitación y les dije «oh niños, vinieron a matarnos».

Las comunidades nos han transmitido el terror continuo en el que viven. Viven en un péndulo constante entre la guerra y la paz. Por un lado, viven con miedo y desarrollan estrategias de supervivencia como las de un país en guerra, por otro, intentan continuar con sus rutinas como si todo fuera normal.

Pero los impactos sobre la convivencia y el funcionamiento de las comunidades son dramáticos. El miedo que provoca que las personas hablen en voz baja y estén constantemente alerta ante cualquier señal de amenaza, cambios de horarios y rutinas para evitar lugares y horarios de riesgo, aislamiento dentro de los hogares, esfuerzo por enseñar a los niños desconfianza y protección, escepticismo ante la bondad de los demás y absoluto la desconfianza hacia el Estado, así como la decisión de hacerse justicia apoyando a los lugareños violentos, configuran estilos de vida que modifican profundamente la cultura.

Ignacio Martín-Baró, psicólogo social y sacerdote jesuita que estudió el impacto de la guerra civil en El Salvador en la población, lo describió como trauma psicosocial. El término enfatiza que el daño no solo fue evidente en los individuos sino también en el tejido social. De todas las nefastas consecuencias que acabamos de describir, destacamos dos que son especialmente preocupantes.

Primero, Martín-Baró habló de la “militarización de la mente”. Se refería a las actitudes y creencias arraigadas en quienes crecen en lugares donde la violencia es la norma. Se refiere a la conclusión de que solo recurriendo a la fuerza, solo respondiendo a la violencia con más violencia, se pueden resolver los conflictos. Una creencia que se expresa en la idealización del hombre fuerte, la exaltación de las armas, la celebración de la guerra. Los militares terminan cubriendo a los civiles. El militarismo, que no se refiere al aparato militar, sino a las actitudes que sustentan una sociedad que enfatiza lo militar, se asienta en la exaltación de la fuerza sobre la razón, el clamor de las fuerzas de seguridad cada vez más ferviente, el clamor del «ojo por un ojo», sobre la ética del cuidado.

Paradójicamente, el crecimiento de las fuerzas armadas no va de la mano con el establecimiento del orden que proclama la fantasía militarista. Como ha sucedido en otros países de América Latina y África, el ejército en cambio va de la mano con el deterioro del estado de derecho y el abandono de amplias zonas del país. Es precisamente la lógica militarista la que deteriora la institucionalidad y deja al país a la deriva, dividido en feudos comandados por diversas fuerzas oficiales o paraestatales. Venezuela es prueba fiel del estrepitoso fracaso de la lógica militarista. Fue una mano dura y no su culpa lo que nos metió en este lío.

En última instancia, la violencia conduce a la deshumanización. Los comentarios que fomentan operaciones policiales indiscriminadas desconocen el terrible sufrimiento de los miembros de estas comunidades, arrojando a todos sus miembros en la misma bolsa estigmatizada. Provocan una doble herida, además de sufrir los horrores de la violencia, suman la deshumanización de no saber las injusticias sufridas.

Estas consideraciones, que pueden parecer lejanas a una publicación cultural, no lo son, ya que la lucha por la palabra es una tarea de resistencia, un compromiso con una cultura basada en la ciudadanía, es un esfuerzo crucial para rehumanizar y resistir al militarismo que impusieron. El arte es el cultivo de la imaginación, de la posibilidad de pensar el mundo con los ojos de los demás, esto puede ser un ejercicio de empatía. Ante estos terribles ciclos de violencia que se han apoderado de nuestra cultura, necesitamos ciudadanos, escritores y políticos como Andrés Eloy Blanco, quien ante los horrores de violencia y militarismo que ha sufrido en carne propia, respondió con su Canto Bajo el Olivo:

Para mí, no un odio, hijo míoEs,

ni un solo rencor contra mi,

no derramar sangre

que cabe en un colibrí,

ni vayas a cobrar al hijo

la cuenta del padre malo

y no olvides que las chicas

el que me hizo sufrir

para ti deben ser sagrados

como las hijas del Cid.


Referencias

1 Rojas, G. (18 de julio de 2021). Silencio en la Cota 905: ‘desde el cerro pa’ adentro suspendieron garantías’. Tal cual.https://talcualdigital.com/silencio-en-la-cota-905-del-cerro-pa-dentro-suspendidas-las-garantias/

2 Monitor de víctimas. (18 de julio de 2021). https://mobile.twitter.com/MonitorVictimas/status/1416744652196155396

3 Zubillaga, V. y Llorens, M. (2020). Dicen que matan gente en Venezuela. Madrid: Dabar.

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