La postal de un encuentro: Hemingway y Fidel

ESPECIAL 25 de noviembre de 2020 Por Germán Lev
En el primer año del triunfo de la revolución cubana, un por entonces joven Fidel Castro se reunió en dos breves oportunidades con Papa Hemingway (como se lo conocía en Cuba). El escritor ya había ganado en 1952 el Pulítzer por su relato El viejo y el mar y el Premio Nobel de Literatura en 1954, por lo que ya era en ese momento un mito viviente.
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Hemingway pisó la isla caribeña por primera vez en 1928, acompañado de Paulina Feiffer, su segunda esposa. Pero no fue sino luego de su matrimonio con Mary Welsh, su cuarta mujer, en 1946, que se radicaría en la Finca Vigía, en la Habana. El coloso de las letras norteamericanas, que curiosamente jamás inspiró ningún paraje de sus novelas en Estados Unidos, era perseguido y acosado por la dictadura de Batista en conjunto con la CIA y el FBI; la persecución fue impulsada porque el autor tenía un asunto personal con el director de esta última agencia de inteligencia, John Edgar Hoover. Hemingway dijo en una reunión que Hoover abusó de un joven agente en el sótano de su casa, mientras Clyde Tolson, director asociado del FBI filmaba la escena. Ambos mandamás, según el relato que la propia víctima le confesaría más tarde al autor de Por quién doblan las campanas, estaban vestidos con prendas de mujer al momento del abuso. Este rumor habría llegado a oídos de Hoover y por ello habría desencadenado la persecución al escritor. Quizá por este ensañamiento, tras el triunfo revolucionario en 1959 del que Hemingway dijo sentirse “esperanzado”, fue que simpatizó de inmediato con el Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas cubanas, Fidel Castro, del que a pesar de no saber nada sobre su figura llegó a decir que no podía ser peor que el dictador Batista.


El encuentro entre el revolucionario y la leyenda de las letras se produjo el 15 de mayo de 1960, en el Torneo de la Aguja, en Cojímar. Fidel, entonces de treinta y dos años, no sabía nada acerca de la pesca de aguja en mar abierto, pero participó del torneo para demostrar su buena voluntad ante Ernest Hemingway. A pesar de no tener experiencia, en un golpe de suerte hacia el final de la competencia el revolucionario logró atrapar dos agujas, que sumado a las tres que llevaba, le permitió ganar la competencia. El premio fue entregado por el mismísmo Hemingway. Lo que conversaron aquel día sólo ellos lo saben. Castro, por su parte, llegó a decir en una entrevista que la novela Adiós a las armas de Hemingway fue su manual durante la Guerra de Guerrillas. Porqué Hemingway abandonó Cuba poco tiempo después y se distanció de Fidel sigue siendo un misterio, pero se especula que fue por las presiones que recibía de las agencias de inteligencia de su país, quienes constantemente lo amenazaban con tildarlo de traidor a la patria ante la opinión pública si no regresaba a Estados Unidos y se distanciaba del líder cubano.

Diseño sin título (21)Hemingway entregando los premios del Torneo de la Aguja a Fidel

En noviembre de 1960, Hemingway se internó en una clínica en Minnesota. Dos accidentes de avión en África y el abuso con el alcohol le habían dejado serias secuelas. El diagnóstico que recibió fue devastador: padecía diabetes, hipertensión y trastornos metabólicos que le afectaban el corazón, el hígado y otros órganos vitales. Su estado anímico decayó y se sumió aún más en la bebida, la melancolía y la locura. Ya no podía escribir y tenía la manía de hablar solo; decía que sus amigos muertos (la mayoría por el abuso del alcohol) le hablaban. El mítico autor fue sometido a tratamientos de electroshocks, una terapia común por aquella década en pacientes psiquiátricos.

Finalmente, en la propiedad de Ketchum, la mañana del domingo 2 de Julio de 1961, un envejecido Hemingway salió con sigilo de la habitación matrimonial y se dirigió al sótano donde guardaba las armas. Tomó su Boss, una escopeta británica de dos caños, la cargó, subió las escaleras de madera y fue hasta el hall de la casa. En el vestíbulo, cerca de la puerta principal, apoyó el cañón de la escopeta en su frente y disparó. Tenía entonces sesenta y dos años. El resto es historia y leyenda.

Germán Lev

Redactor, narrador y editor.

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