Ahora estoy aquí: "Un escritor profesional"

RETALES 05 de diciembre de 2020 Por Redacción Avalancha
Charles Bukowski logró convertirse en escritor profesional en torno a sus cincuenta años gracias a la confianza depositada por su editor, John Martin, quien fundó la editorial Black Sparrow sólo para publicar sus obras. En la siguiente misiva que Bukowski le envía a John Martin, el autor cavila sobre sus renegados años de juventud y critica el alienante sistema laboral de los años ochenta.
Charles Bukowski

A mediados de los sesenta John Martin le ofreció cien dólares mensuales de por vida a Charles Bukowski para que dejase su trabajo como despachador de cartas en el servicio postal de Estados Unidos y se dedicase íntegramente a escribir. Cien dólares eran suficientes en aquellos años para pagar un alquiler y pervivir holgadamente, de modo que Bukowski aceptó el trato y se convirtió de esta manera, cerca de los cincuenta años, en escritor profesional. Martin fundó la editorial Black Sparrow Press con el único fin de difundir la obra de quien consideraba el Walt Whitman de Los Ángeles. Diecisiete años más tarde, siendo un escritor prolífico y exitoso a nivel internacional (del que incluso se hacían películas y documentales), Bukowski le envió una misiva a John, quien seguía siendo su editor, aunque ahora los honorarios del escritor ascendían a diez mil dólares cada dos semanas, donde reflexionaba sobre el sinsentido del trabajo en el sistema capitalista de la década de los ochenta. Bukowski había pasado gran parte de su existencia malviviendo entre tabernas de mala muerte, borrachos, prostitutas y todo tipo de trabajos de medio tiempo que le servían para pagar una habitación, tabaco y algo de cerveza, por lo que, cuando pudo escapar de esa vida tuvo la sensación de dirigirse hacia, al menos, una muerte generosa. Epístola que compartimos.

Diseño sin título

12 de agosto de 1986 

Hola, John:

Gracias por la carta. A veces no duele tanto recordar de dónde venimos. Y tú conoces los lugares de donde yo vengo. Incluso las personas que intentan escribir o hacer películas al respecto, no lo entienden bien. Lo llaman “De 9 a 5”. Sólo que nunca es de 9 a 5. En esos lugares no hay hora de comida y, de hecho, si quieres conservar tu trabajo, no sales a comer. Y está el tiempo extra, pero el tiempo extra nunca se registra correctamente en los libros, y si te quejas de eso hay otro zoquete dispuesto a tomar tu lugar.

Ya conoces mi viejo dicho: “La esclavitud nunca fue abolida, sólo se amplió para incluir todos los colores”.

Lo que duele es la pérdida constante de humanidad en aquellos que pelean para mantener trabajos que no quieren pero temen una alternativa peor. Pasa, simplemente, que las personas se vacían. Son cuerpos con mentes temerosas y obedientes. El color abandona sus ojos. La voz se afea. Y el cuerpo. El cabello. Las uñas. Los zapatos. Todo.

Cuando era joven no podía creer que la gente diera su vida a cambio de esas condiciones. Ahora que soy viejo sigo sin creerlo. ¿Por qué lo hacen? ¿Por sexo? ¿Por una televisión? ¿Por un automóvil a pagos fijos? ¿Por los niños? ¿Niños que harán justo las mismas cosas?

Desde siempre, cuando era bastante joven e iba de trabajo en trabajo, era suficientemente ingenuo para a veces decirle a mis compañeros: “¡Eh! El jefe podría venir en cualquier momento y echarnos, así como así, ¿no se dan cuenta?”.

Ellos lo único que hacían era mirarme. Les estaba ofreciendo algo que ellos no querían hacer entrar a su mente.

Ahora, en la industria, hay muchísimos despidos (acererías muertas, cambios técnicos y otras circunstancias en el lugar de trabajo). Los despidos son por cientos de miles y sus rostros son de sorpresa:

“Estuve aquí 35 años…”.

“No es justo…”.

“No sé qué hacer…”.

A los esclavos nunca se les paga tanto como para que se liberen, sino apenas lo necesario para que sobrevivan y regresen a trabajar. Yo podía verlo. ¿Por qué ellos no? Me di cuenta de que la banca del parque era igual de buena, que ser cantinero era igual de bueno. ¿Por qué no estar primero aquí antes de que me pusiera allá? ¿Por qué esperar?

Escribí con asco en contra de todo ello. Fue un alivio sacar de mi sistema toda esa mierda. Y ahora estoy aquí: un “escritor profesional”. Pasados los primeros 50 años, he descubierto que hay otros ascos más allá del sistema.

Recuerdo que una vez, trabajando como empacador en una compañía de artículos de iluminación, uno de mis compañeros dijo de pronto: “¡Nunca seré libre!”.

Uno de los jefes caminaba por ahí (su nombre era Morrie) y soltó una carcajada deliciosa, disfrutando el hecho de que ese sujeto estuviera atrapado de por vida.

Así que la suerte de, finalmente, haber salido de esos lugares, sin importar cuánto tiempo tomó, me ha dado una especie de felicidad, la felicidad alegre del milagro. Escribo ahora con una mente vieja y con un cuerpo viejo, mucho tiempo después del que la mayoría creería en continuar con esto, pero dado que empecé tan tarde, me debo a mí mismo ser persistente, y cuando las palabras comiencen a fallar y tenga que recibir ayuda para subir las escaleras y no pueda distinguir un azulejo de una grapa, todavía sentiré que algo dentro de mí recordará (sin importar qué tan lejos me haya ido) cómo llegué en medio del asesinato y la confusión y la pena hacia, al menos, una muerte generosa.

No haber desperdiciado por completo la vida parece ser un logro, al menos para mí.

 

Tu muchacho,

Hank.

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