Despreciado, como quería Hugo Chávez, fiel heredero de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez a quien, por cierto, mostró una devoción inmerecida y contradictoria, el ejercicio y la cultura política propiamente dicha sufrieron un terrible revés en este siglo XXI. Lento pero seguro, volvimos al caudillismo que los expertos designan como un fenómeno inherente al medio rural y sus latifundios. He aquí un primer rasgo objetivo de la situación: los barines y su sucesor nos retrotraen al siglo XIX donde la política es sólo una demostración de fuerza con muchas intrigas palaciegas, en una Venezuela cada vez más rural dependiente del centralismo gubernamental y miserable, con pocos grupos feudales que puedan permitirse un disfraz de modernidad. Estos últimos, por ejemplo, son los que trafican en dólares en efectivo, mientras que al resto de la población se le niega el uso mismo de la moneda, incluso en bolívares, debiendo pagar únicamente por medios electrónicos que obligan al control biométrico, a la caracterización y manipulación del consumo, como ocurría con los viejos registros de las haciendas tan bien ponderados por el hijo de Sabaneta.

Por ser un régimen, la oposición, en sus más variadas expresiones, trata de imitar el modelo y, aunque tenía un palacio donde podía intrigar (el Capitolio Federal), sus baluartes son muy pocos, numerosos, reducidos en comparación con los de madurismo, financiado por la ayuda humanitaria y los bienes de la republica en el exterior. El problema es que, así como la dirigencia del poder real trata a sus simpatizantes, con distancia y categoría, haciéndoles también sufrir la compleja crisis humanitaria como si nada, en el pavimento de la oposición, lo mismo sucede producto de los suyos, estableciendo una relación de clientelismo y prebenda. Y no me refiero solo a los personajes que catalogan como escorpiones, sino a los que sin serlo se comportan como si lo fueran porque hay quienes deliran con Guaidó, le tiran parásitos y chispas, y dicen que están en contra de la continuidad de la interinidad, pero no renuncian a la Asamblea Nacional que presiden a la espera de los churupitos verdes que dicen que recibirán o recibirán. El colmo de la inmoralidad porque cualquier curioso puede ver cada una de las sesiones del parlamento de 2015, pues están en las redes, y apreciar cuántos diputados han hablado desde enero de 2021 a la fecha: seguramente son más los que han cobrado o cobrarán pecado para trabajar. Y sin nombrar a quienes han renunciado por temor a represalias y siguen ejerciendo las funciones de diputados e incluso figurando como diputados en ejercicio.

Un segundo rasgo objetivo que ha tenido un peso gigantesco es el de la locura. La acción política ha perdido su especificidad, identidad, perfiles y derivaciones, porque cualquiera puede o dice que puede pensarlo y hacerlo, lo confunde con farándula o chismorreo sobre la vida personal y muy personal de sus agentes, tan susceptible a un sucio laboratorio. de la guerra No tienes líder, sino una estrella; no hay un discurso, sino una animación tipo Sábado Sensacional; no hay argumentos, solo la viralidad de las imágenes; no tienes trayectoria, sino el atrevimiento y la temeridad de la improvisación, o una gran cantidad de likes por un incidente. Hay quienes vienen de otros campos, oficios o profesiones, y ¡bienvenidos a la lucha política!, pero creen que pueden hacer política como si fuera una empresa comercial, en lugar de colaboradores tienen empleados. Estos personajes sólo se agotan en el hecho publicitario y en la comunicación de las nuevas tecnologías, y olvidan que por mucho que fueran los reales que tuvo Pedro Tinoco y que le metió a la política, perdió las elecciones de 1973, estrepitosamente, ante políticos de toda la vida. Provienen de diferentes orígenes: algunos provienen de la clase universitaria y creen que pueden enseñar a cualquier costo; otros, del mundo del deporte e imponen un horario de trabajo a partir de las cinco de la mañana, los domingos y festivos, como si nadie tuviera familia; unos pocos provienen de la dirección de casas comerciales y persiguen a sus colegas en causas para hacer o no tales tareas, según le guste o no al dueño o al jefe de la franquicia política.

Pero la mayor locura es creer que la política es sólo una experiencia mística y testimonial, funcionando el partido como si fuera una secta religiosa, en defensa de una pureza intransigente contra todos los enemigos: los del gobierno usurpador y, también, los del oposición. . Los excesos no convierten precisamente a estos partidos en éticos, sino en defensores de una moral, moralidad o, mejor aún, moralidad («moral intempestiva, superficial o falsa», según el DRAE) que los convierte en aliados efímeros, de poca confianza, susceptibles de un peligroso salto estratégico o táctico moldeando a su conveniencia los propios valores invocados. Esto es similar a trabajos como los de la venezolana Carmen Geraldine Arteaga Mora sobre la sacralidad del poder (ver por ejemplo un texto incluido en Venezuela hoy. Intentos de entender un país complejolibro coordinado por Luis Fernando Castillo, UPEL, Caracas, 2021).

El ejercicio del poder apela a lo sagrado, exento de toda referencia ideológica, por tanto, añadimos, de una diferencia entre quienes lo detentan y quienes se oponen a él. En un caso, que recuerda al totalitarismo africano, según el autor, no faltan recursos materiales y simbólicos para imponer una deidad y el correspondiente culto a la personalidad; y, en caso de rebelión, frente a su propio pueblo, llega el golpe, como la “expropiación” de los partidos “más puros” como el MEP o los Tupamaros, o la execración del PCV, por muy leninista que sea. En el otro, frente a un régimen que irradia su influencia, hay partidos y personajes que sucumben a la tentación de lo sagrado pero carecen de recursos para sostenerlo, o apenas pueden permitirse un personal para mantener un mínimo de celebridad, buscando desesperadamente la frases o consignas que algunos asesores les pueden dar para intentar un «discurso» respetable. Tal locura identifica una faceta objetiva del retroceso político en el siglo XXI.

Esta es la cruda realidad a la que ha sido sometida la política en Venezuela, una realidad que no escapa a la cuestión social, porque la solución es resolver la cuestión política y, por tanto, la cuestión social cambiará rápidamente. Creo que más de 20 años de destrucción y errores son suficientes para buscar un cambio real en la política de oposición, para articular un bloque que realmente enfrente al régimen opresor. Los que hemos insistido, resistido y persistido en la idea de la libertad y la democracia estamos convencidos de que si seguimos manejando la política, leyendo el país, de la misma manera, seguiremos cometiendo los mismos errores, qué, claramente, el gobierno entendió y sigue manejando para el desmantelamiento de la oposición.

@freddyamacano

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Hildelita Carrera Cedillo
Hildelita Carrera Cedillo